domingo, 19 de octubre de 2008

Contra Remedia Amoris




Yo no soy de ese tipo de mujeres


incapaces de amor y de ternura.


Yo sé lo que es el valor y lo que es la sangre,


aunque odie el sacrificio y me repugne


la vanidad que nace en la violencia.


Quiero ser la mujer de un mercenario,


de un poeta o de un mártir, es lo mismo.


Yo sé mirar los ojos de los hombres.


Conozco a quien merece mi ternura.




Amalia Bautista (Madrid, 1962)

Ilustración: "Adolescencia" 1947 Milton Avery

viernes, 2 de mayo de 2008

Quién de nosotros

Edward Hopper. Automat, 1927


I shall never be different.
Love me.
AUDEN

Si tu t'imagines
xa va xa va xa
va durer toujours.
QUENEAU


Querido:
Me he decidido. ¿Hubiera sido mejor discutirlo frente a frente, con la mayor serenidad posible? Tal vez, pero no importa. Podría decirte, claro, que las mujeres somos todas cobardes, pero la única verdad es que no hubiera podido enfrentar tu aturdimiento. En definitiva, ésta es la revelación: No puedo más, me voy con Lucas. No pienses lo peor, te lo ruego; no soy eso. Paulatinamente llegarás a aborrecerme, pero de cualquier manera quiero explicarte todo, aunque para ti no haya explicación.
Hemos incurrido en varias faltas, pero vislumbro que nuestra gran equivocación, la más irremediable, ha sido el no hablar nunca de ellas. La única franqueza posible, la que poseen la mayoría de las parejas que diariamente se insultan, se maldicen y disfrutan por igual sus etapas de odio y de apaciguamiento, ésa la hemos perdido. Ellos están poniendo constantemente al día el retrato del otro, saben recíprocamente a qué atenerse, pero nosotros estamos atrasados, tú respecto de mí, yo respecto de ti. Los últimos datos que poseemos, si es que poseemos alguno, del tiempo de la fraqueza, son tan antiguos que es como si vinieran de seres ajenos, desconocidos. Acaso ya no sea factible actualizarlos y estemos destinados a conservar del otro un falso recuerdo, a odiar y añorar lo que no hemos sido o, quizás, sólo lo peor de cuanto hemos sido. Estoy segura de que me desconoces, segura de que te desconozco Quién sabe cuánto de bueno y amable hubo en ti y en mí, una felicidad asequible, potencial, en la que nunca hemos reparado. Pero ya es tarde. Me he decidido.
Ahora es horrible que te lo diga (yo también me doy cuenta), pero alguna vez te he querido de veras. Esto debe sonarte como una campana rota; sin embargo, es decorosamente cierto. A menudo pensaste, sin alterarte, con tu calma de siempre, que yo quería a Lucas, pero que no podía con mi vergüenza, que me había equivocado eligiéndote y ahora pagaba mi error. Pero eras tú el equivocado. Cuando te elegí, y antes de elegirte, me gustabas. Siempre me gustaste, me gustas aún.
Entiendo perfectamente cuál fue el malentendido. Como yo discutía con Lucas, como me entusiasmaba contradiciéndole, como nos estimulábamos recíprocamente a arrojarnos las mejores agudezas, y como, por otra parte, contigo no había conflicto, interpretabas eso como un profundo interés de mi parte por las cosas de Lucas y una clara indiferencia hacia ti y tus opiniones. No se te ocurría pensar que la otra interpretación posible -y, en definitiva, la verdadera- permitía conjeturar que tú y yo éramos demasiado semejantes para estar en constante pugna, que me gustaba discutir con Lucas pero que apreciaba mucho más la sencilla paz de nuestras conversaciones. Para mí, nuestro amor estuvo siempre sobreentendido (el primer gran error, el primer silencio fallido acerca de algo que debimos decir, sin temor a nuestro ridículo privado; después me he convencido de que el amor tiene siempre, inevitablemente, algo de ridículo) y no había por qué gastar en palabras esa dicha todavía insegura, que parecía siempre próxima a desmoronarse.
A mí me bastaba darme la vuelta y cerrar los ojos, y entonces entraba en casa con la convicción de tu rostro, de tu figura espigada y conmovedora, del brazo en alto agitando los libros.
Y no había nada que comentar, pues al día siguiente llegabas a la clase y estabas sentado allá adelante y miraba tu nuca rubia e indefensa y eso bastaba para recuperar mi tranquilo enamoramiento y esperar de nuevo tu compañía hasta casa y cerrar los ojos y otra vez tenerte.
Nunca pude entender por qué insistías en acercarme a Lucas. Era un intruso, pensaba, y quería rechazarlo, quería negarlo antes de que el ilimitado prestigio suyo que me transmitías, penetrase forzosamente en nuestra disgregada seguridad. Era, por razones obvias, el representante de lo ajeno, de todas las potencias en acecho que iban a desvirtuar para siempre nuestra felicidad modesta, inconfundible, y ya lo execraba antes de conocerlo, lo odiaba sobre todo porque no podía evitar conocerlo. Lo aborrecí fielmente, escrupulosamente, aun después que hube enfrentado su aire desafiante y melancólico, su agresivo modo de sonreír y de callarse, su balanceo mientras escuchaba, sus manos en los bolsillos, su cautela y sus presentimientos.
Acaso te deba un poco de admiración, porque corriste el riesgo. Sin embargo, ese mismo riesgo te intimidó, te obligó a jugarte mezquinamente, a creerte destinado a perder. Yo discutía con Lucas, hablábamos a gritos, y sentía, presentía que estabas efectuando comprobaciones imaginarias, que habías descubierto no sé qué afinidades, no sé qué conexiones profundas y secretas que nos relacionaban a perpetuidad. Mi empecinamiento consistió en no ceder, en conseguir implacablmente un clima de violencia y, lo más desgraciado, en no aclararte nada, en esperar que vieras. Pero no sentías celos ni rabia, ni siquiera impaciencia; estabas tan seguro, tan enternecedoramente seguro y derrotado.
A veces me he preguntado de quién o de dónde te vendrá ese modo oblicuo de vivir la vida, que te hace tan atrayente como despreciable. Ni favoreces la corriente ni te opones a ella. Siempre eliges el sesgo más incómodo, el de testigo implicado.
Querido, nuestro matrimonio no ha sido un fracaso, sino algo mucho más horrible: un éxito malgastado. Toda la felicidad de que disponíamos, que era más sutil de lo que se estila; todo nuestro amor, que era más honesto que nuestro miedo, no han podido con tanto rencor acumulado, con tantas transacciones entre el orgullo y la apatía, con tan inflexible, silenciosa vergüenza.
Sé que fui tremendamente torpe al complicarme en tu decisión, pero tú me humillaste mucho más al aceptarme sin convencimiento, consciente de que no íbamos a estar solos, porque el Otro que habías creado, el Lucas de tu cosecha, se había instalado provisoriamente en ti. Sólo el tiempo necesario para atraer mi incrédula atenció. Sólo once años.
Me he decidido a no poder más, a irme con Lucas. Once años sin pena ni gloria, esperando no sé qué. De ti no venía nada. Llegabas, llegas aún a la tarde y te sientas junto a la radio y pides el mate y hablas del empleo y preguntas por las notas escolares de los chicos y dices que anoche le escribiste a él y me pides que agregue unas líneas y envía, como siempre, "cariñosos recuerdos al buen amigo Lucas". Pero la imagen de mí misma que veo en ti es de veras irreconocible, está llena de extrañeza y de una inevitable, fatigada burla.
Es tan absurdo que seamos los mismos y sin embargo hayamos perdido el valor, la capacidad de sentir asco o simpatía por el destino, por la suerte del otro. Porque no somos los mismos sino copias. Sólo copias veladas.
Once años, tú entendiéndolo todo, esperando mi prevista nostalgia que no llega, tu bendita oportunidad de mostrarte generoso y antiguo sabedor, horriblemente bien informado de mis desesos. De veras, no interesa que te diga ahora: "No puedo más, me voy con Lucas", porque vienes arrastrando once años de espera, porque ésa fue la oraciócon que desde el principio me encomendaste a ti. Después de todo, si siempre lo supiste, y qué repugnante has sido por saberlo.
Nunca me dijiste: "No puedo más. Me voy con Teresa". Siempre puedes, y sin embargo no te irías ahora ni nunca. La conozco, la he visto, he hablado con ella. ¿Te sorprende? Es una buena mujer, que hace lo que puede y te da lo que tiene: un cuerpo admirable que, en definitiva, a ti no te interesa. Nos hemos prometido no decirte nunca que nos conocíamos, pero ya no tiene objeto esa promesa. No la desprecies, no la ofendas. Más bien, protégela, te hará bien. Necesitas proteger a alguien, y yo estoy fuera de tu protección. (A pesar de las apariencias, este modo de escribirte no es cinismo. El cinismo sólo es un residuo del odio, y aún no te odio.)
Tres veces me he visto con Lucas. Todo se hizo como tú, sin decirlo, querías. Pero cómo has esperado este encuentro. Cuánto hubieras dado por oficiar una vez más de testigo implicado, por escudriñar en el fondo de nuestras miradas y descubrir, por fin, la connivencia que profetizabas. Formulado el anuncio, preparaste el terreno, igual que aquellos fabricantes de evangelios que acomodaban la historia a las profecías.
Has pasado once años imaginando el instante de devolverme a Lucas, disfrutando por anticipado de tu sacrificio. Y eras tan inteligente que nunca lo mencionabas, como si nuestra vida imperturbable, nuestro inefable, aborrecido idilio, se alimentara exclusivamente de esa horrible complicidad.
Es necesario que te dé la razón, esa execrable razón que pacientemente has fabricado. Pero no puedo perdonarte. No puedo perdonarte que me hayas hecho preferir a Lucas, cuando era tanto mejor quererte a ti. No puedo perdonarte la sensación de cansancio e impureza que inexorablemente acompañó mi enamoramiento de Lucas, ni siquiera el simple hecho de descubrir que no puedo amarlo a él sin menospreciarte definitivamente. No puedo perdonarte haber llegado a ser tanto pero de lo que quise.
Me decidido a pesar de los niños. Ahora que vamos a encararlo todo con abominable sinceridad, no sólo debo averiguar qué lugar ocuparán ellos en nuestro futuro, sino también qué importancia han tenido hasta aquí. Los hijos unen, dicen (entre los felices), los mejor dotados de ingenuidad. Los hijos atan, dicen, entre los desgraciados, los de más exaltada estupiedez. Tú y yo podemos atestiguar que no nos unieron: ni siquiera nos atan. Ellos también ofician de testigos.
Pero tú esperas los pormenores... Mira, la evolución ha sido perfecta. Desde el primer encuentro, en que hablamos largamente de ti, hasta la próxima cita, dentro de dos horas, en la que pienso leerle tu empalagosa carta. Sólo puedo desprenderme de ti si te desprecio. Y necesito despreciarte. Necesito recibir su mirada de burla y comprensión cuando le lea las palabras mimosas que me dedicas.
No hemos hablado aún del futuro inmediato, pero puedes estar tranquilo, sé que me voy con él. Lo percibo en su modo tendencioso de repasar nuestra adolescencia, en su risa nerviosa e hiriente que estalla a menudo y siempre me hace mal, en la copasiva repulsión con que te menciona, en sus ojos que vuelven a desearme.
Además sé que con él no voy a callar. Quiero desconfiar del sobreentendido, del pudor y de la vergüenza. Esta vez quiero decirlo todo, lo exquisito y lo repugnante, para que nada quede abandonado a la imaginación, para que nada pueda traicionarnos.
Después de todo, te agradezco esa porfiada disponibilidad sin escrúpulos. No necesito echarlo a cara o cruz. Me has ahorrado la angustia de la dignidad, y eso ya es bastante.
Claro, no puede ser éste el amor que alguna vez esperé, ese amor que ya ni sé cómo debía ser, que ya no puedo rescatar del recuerdo. De todos modos, no puede ser este rudimentario deseo de ser tocada por él, sin que nada me importen las opiniones que tuvo y que tiene. No puede ser este histérico anhelo de acostarme con él, sin que me inquieten en absoluto la posible sabiduría de nuestras charlas futuras, la saludable comunión de nuestros ideales y otras aburridas convenciones que solían inquietarme respecto de ti. No puede ser, pero no importa.
Si mi madre me enseñaba, con soberbias palizas, a no hacerme ilusiones, yo he aprendido por mí misma a no hacerme esperanzas. Lucas está aquí, como una limitada, como una insólita, accesible felicidad, y yo, con las disculpables culpas que tú y yo conocemos, y que sólo me molestan como un mal menor, como un dolor de muelas o un lumbago, quiero asir la ocasión, quiero ofrecerme a él, porque él es el presente y yo creo en el presente. Después de todo es la única religión disponible.
Por ahora déjame suponer que los chicos no complicarán tu vida y que tú no complicarás la de quien ya no puede ser tu

ALICIA



Citas y fragmento de "Quién de nosotros" de Mario Benedetti
Fuentes: Cities
ard Hopper

martes, 22 de abril de 2008

Las pequeñas épsilon

"Las amarguras que el tiempo arroja dentro de mí las sustrae de mis poemas. Me he llenado de arrugas, para permanecer terso ahí donde nadie me recordará. Una rosa que se vuelve poesía te puede destrozar mucho más que un puñetazo que no se vuelve poesía. Millares de palabras se marchitan en los libros rojos, cuando una simple muchacha dispara. Al parecer, incluso para derrocar gobiernos -qué triunfo- se necesita la buena calidad. En la tristeza de la interminable mediocridad que nos ahoga por todos lados, me consuela que en algún lugar, en alguna habitación pequeña, algunos obstinados luchan por eliminar el desgaste. Con pleno conocimiento de que un día este planeta se congelará o se incendiará junto con sus logros. Ellos, otro tipo de héroes, son los que harán quedar bien a la alguna vez humanidad. Extraño: en nombre del humanismo, desde siempre los pueblos han dado dos pasos adelante y los poetas dos pasos atrás. No nos engañemos. No te haces vegetariano comiendo cordero pintado de verde. Que reduzcas un poema a su sentido esencial no tiene ningún sentido. Una cámara fotográfica oculta en la mala poesía nos condena a volver a ver aquello que hemos visto muchas veces -y a no ver aquello que nunca hemos visto.

Seguramente la capacidad de observación es un gran defecto para el poeta que, al final, acaba tomando las nubes por nubes. Muchas mentiras esperan en fila para ocupar el lugar de la verdad. Al menos mintamos correctamente. Muchos en la poesía, porque resulta que son feos, proclaman que Dios hizo feo al mundo. Algunos incluso llegan más lejos: porque alguna vez estuvieron en peligro de ahogarse, insisten en que el mar no es azul. No percibes la magia con la interpretación de la magia, mucho menos con la descripción de la interpretación de la magia. O cantas, o callas. No dices: esto que hago es canto. Eso faltaba. Si los pájaros pensaran nos arrojarían piedras -perdón, quise decir excrementos. En nuestros tiempos se admira más al diamante que se vuelve carbón que al carbón que se vuelve diamante. La sensación del fracaso continúa siendo el buen conductor de las emociones en una mayoría a la que, queriéndolo o no, este complejo la domina toda su vida. Joven, recuerda: no te haces esclavo cuando te somete sólo quien tiene el poder -sino también quien lucha en su contra. Olor de los Textos: a madera húmeda en el fuego, o a hojas podridas, o a habitación vacía. Y más: a piedra ardiente en el sol, a establo, a cabello sin lavar de una mujer hermosa. ¡Pobre Guerlain! Cuidado con la emoción. Si es hechicera, no deja de ser embustera.

De la misma manera en que a veces una palabra (no necesariamente bonita o rara) se vuelve el pretexto para crear todo un verso, de tal modo que esa palabra pueda encontrar su lugar preciso y resplandezca, ese verso, a su vez, por la misma razón, se vuelve a veces pretexto para crear todo un poema, cuyo contenido, si nació de dos o tres sílabas humildes, como sentido está tan alejado de ellas como un hombre completo del placer de un instante, que se volvió la razón de que existiera. Toda gran música, en el fondo, es un menosprecio de la muerte. Lo Uno y lo Absoluto que concibe nuestra mente es lo mucho y lo relativo de los demás, llevados a la claridad de la unidad. La distancia de la "nada'' a lo "mínimo'' es mucho más grande que la de lo "mínimo'' a lo "mucho''. Grecia es el país dorado de la Poquedad que inutiliza el valor del número; pero también el país negro de lo Desigual, donde ningún destino se corta a la medida dada del inicio. En la vida, que aciertes a algunas codornices significa: las mataste. En el arte: las resucitaste. El arte, aun cuando se dirige hacia la muerte, la sube; no cae dentro de ella. Y es por eso que cuanto más se agota la vida, tanto más la obra flota con la cabeza de fuera. Sólo que, a veces, algunos no perciben el espejo y se rompen la cara. Si hay algo que teme el artista consciente es que sabe que los cadáveres de las malas obras son peores que los del hombre. Es cómico, pero las palabras que te ayudan a vivir al otro le ayudan a matarte. "

Odysseus Elytis (Grecia, 1911-1996) Premio Nobel de Literatura en 1979


Ilustración:
Fresco en Akrotiri, Thera

domingo, 17 de junio de 2007

Farinelli

“Retrato de Farinelli”. Jacopo Amigoni
Museo de Bellas Artes de Bucarest (Rumanía)



“Lascia ch’io pianga”
(“Déjame que llore / mi cruda suerte / y que añore / la libertad”)


“Despertar la parte de infinito que hay dentro de nosotros”

“Compartir el misterio”

La voz – piensa Farinelli (Carlo Broschi) - es un don divino, un ajuste de cuentas del Señor con la mediocridad. Para mí, la palabra amor ha sido siempre sinónimo de dolor, de fracaso. El precio más costoso que tuve que pagar a cambio de todo lo demás.


Enlaces: Filomusica Opusmusica La Voz Católica

domingo, 20 de mayo de 2007

El honor perdido de Katharina Blum

o Cómo surge la violencia
y adónde puede conducir

Heinrich Böll

... und wohin sie führen kann
En 1974, dos años después de recibir el Nobel, Heinrich Böll, la figura más emblemática de la literatura alemana de posguerra, escribió El honor perdido de Katharina Blum, llevada a la pantalla por Schlöndorff, una novela sobre las consecuencias que los manejos y el eco de la prensa sensacionalista pueden tener en una persona.


En ella, el escritor alemán Heinrich Böll, nacido en Colonia en 1917 y fallecido en 1985, muestra las consecuencias que los manejos y el eco de la prensa sensacionalista pueden tener en la vida del individuo. Katharina, acosada por un público ávido de sensaciones y dispuesto a creerse cualquier titular, cuanto más truculento mejor, llega hasta el extremo de cometer un crimen con impresionante sangre fría.



La protagonista, cuya historia está basada en un hecho real, tiene total seguridad moral y no parece sentir ningún remordimiento después de haber disparado contra el periodista gráfico que, recurriendo a la manipulación, no dudó un solo momento en destrozar su vida privada. Mentiras, difamaciones y calumnias se extienden en un caso como éste con mucha mayor facilidad que la verdad.

Ingenua, algo romántica e inteligente, Katharina Blum es tan extremadamente sensible en relación con el sexo, que casi roza la mojigatería. Y, sin embargo, es una de esas raras mujeres que son capaces de amar a un hombre más allá de las convenciones sociales. Se entrega con la mayor espontaneidad. Katharina se enamora de un fugitivo de la justicia, sospechoso sin prueba alguna de ser un terrorista. Y la sociedad, como es de esperar, le hace pagar por ello. A partir de entonces será acusada de ser su cómplice. La prensa, la policía y la justicia se unirán para destrozar su reputación, hasta hacer de su vida un infierno.

Silenciosa y discreta, Katharina tiene el valor de regirse por su propio código moral, un sistema de valores que se funda en unas normas propias, no escritas, ni heredadas. Posee además dos cualidades mortales: la lealtad y el orgullo, esa integridad tan difícil de encontrar, que puede resultar extremadamente peligrosa por ser tan pocos los seres humanos que la poseen o que siquiera saben valorarla. Katharina vive en éste y a su vez en otro mundo, ignorado por los demás, inaccesible para la mayoría.


«Pasan demasiadas cosas en primer plano, pero no sabemos nada de lo que ocurre en un segundo plano», afirma el narrador.




“-Sí –admitió Katharina Blum, y desde aquel momento levantaron acta de su declaración, que quedó archivada-; eso es cierto. Representa, según un cálculo aproximado que he hecho, casi veinticinco kilómetros diarios. Nunca lo he pensado ni tampoco he reparado en el gasto. A veces, me sentaba al volante y corría sin rumbo fijo; quiero decir, que yo viajaba en cualquier dirección sin haber previsto nada: al sur, hacia Coblenza, o al oeste, hacia Aquisgrán o el Bajo Rin. No todos los días; me resulta imposible precisar cuántas veces y con qué intervalos. Por regla general, cuando llovía, después de terminar el trabajo y cuando me sentía sola. No, rectifico mi declaración: única y exclusivamente cuando llovía. No sé bien por qué. A veces, cuando no me correspondía acudir a casa de los Hiepertz y no tenía ningún trabajo especial, a las cinco ya estaba en casa sin nada que hacer. No siempre me apetecía ir a ver a Else, sobre todo desde que ella mantiene amistad con Konrad, e ir al cine tiene sus riesgos para una mujer sola. En ocasiones, me he sentado en una iglesia, no por motivos religiosos, sino porque allí hay tranquilidad, pero, en los últimos tiempos, también en las iglesias se meten con una, y no solamente los seglares. Desde luego, cuento con algunos amigos: por ejemplo, Werner Klormer, a quién compré el Volkswagen, y su señora, y también otros empleados de la empresa Kloft, pero es bastante difícil, y por lo general penoso, presentarse en casa de esas personas así, por las buenas. De modo que yo prefería sentarme al volante, poner la radio y el motor en marcha y correr siempre bajo la lluvia, y preferentemente por carreteras arboladas. A veces, me llegaba hasta Holanda o Bélgica, bebía un café o una cerveza y luego regresaba. Sí. Ahora que usted me pregunta lo veo claro. Si debo precisar cuántas veces, yo diría que dos o tres al mes; a veces más o acaso menos. Las salidas duraban horas. Por último, yo regresaba a casa cansadísima, alrededor de las nueve o las diez, e incluso cerca de las once. Es posible que la causa de mi conducta fuera el miedo; ¡conozco a tantas mujeres solteras que se emborrachan cada noche solas ante el televisor!”.

“... Tampoco queremos ocultar a nadie que Katharina dijo a la señora Woltersheim acerca de Götten:
-Dios mío! Él ha sido, simplemente, el hombre que debía llegar, y con el que yo me hubiera casado y con quien habría tenido hijos... aunque hubiera tenido que esperar años hasta que saliera de la cárcel”.

“... En aquel momento, Katharina sacó dos números del PERIÓDICO de su bolsillo y preguntó si el Estado –tal es el término que empleó- no podía hacer nada para protegerla contra semejante inmundicia y para devolverle su buen nombre. Admitía que su interrogatorio estaba justificado, aunque no comprendía “por que debía entrar en tantos detalles”. Sin embargo, no acertaba a explicarse cómo algunos de esos detalles –por ejemplo, las visitas de caballeros- podían haber llegado a conocimiento del PERIÓDICO, y de dónde procedían aquellas declaraciones inventadas. En este punto intervino el fiscal Hach, quién manifestó que, naturalmente, a causa del enorme interés público del caso Götten, se había tenido que dar una explicación a los reporteros, aunque estaba aún por celebrarse una conferencia de prensa. Ésta, por otra parte, sería ya difícil de evitar, dada la excitación y el temos que había causado la fuga de Götten, que Katharina facilitara. Por lo demás, ahora, en virtud de su vinculación con Götten, se había convertido en un “personaje de actualidad” y, con ello, en objeto de un justificado interés público. Los detalles ofensivos y posiblemente difamatorios de la información podría convertirlos ella en materia de demanda judicial si llegaba a demostrarse que se habían producido “filtraciones” en la investigación. Sus responsables podían tener la seguridad de que presentarían una denuncia contra quien procediera, y de que defenderían los derechos de Katharina. A continuación, internaron a ésta en una celda. Renunciaron a la vigilancia excesiva. Sólo la acompañaba una joven asistente de policía, Renate Zündach, sin armas, quien más tarde declarón que, durante todo el tiempo –aproximadamente dos horas y media-, Katharina Blum no había hecho otra cosa que leer repetidas veces los números del PERIÓDICO. Rechazó el té y los bocadillos, no de forma brusca, sino “casi en tono amable y apático”. También rechazó todas las conversaciones sobre modas, cine, baile, etc., que Renate Zündach intentó iniciar.
Entonces, para ayudar a la Blum, que se había enfrascado en la lectura del PERIÓDICO, la dejó por un momento al cuidado de su colega Hüften, y fue a buscar en el archivo informaciones de otros periódicos, que trataban de forma absolutamente objetiva las implicaciones del caso, el interrogatorio de la Blum y el posible papel de ésta en el asunto. Se trataba de noticias breves en tercera o cuarta página, en las cuales ni siquiera figuraba el nombre de la Blum, a la que simplemente mencionaban como una tal Katharina B., empleada de hogar. Por ejemplo, el periódico Umschau se limitaba a consignar una información de diez líneas, desde luego sin foto, en la cual se leía que una persona probadamente íntegra se había visto complicada en el asunto, lo que resultaba lamentable. Todo esto –la celadora le había mostrado un total de quince recortes de periódicos- no la consoló en absoluto. Katharina tan sólo manifestó:
-¿Y quién lee esto? Todos mis conocidos leen el PERIÓDICO.”


Fragmentos de la novela "El honor perdido de Katharina Blum" de Heinrich Böll
Enlaces: IMDb Deutsches-filmhaus.de elmundo.es

viernes, 11 de mayo de 2007

David LaChapelle

"Escaping reality by creating a new reality"

David LaChapelle, el llamado “Fellini de la fotografía”, ha fotografiado a personalidades tan diversas como Tupac Shakur, Madonna, Amanda Lepore, Eminem, Philip Johnson, lanza Armstrong, Pamela Anderson, Lil' Kim, Uma Thurman, Elizabeth Taylor, David Beckham, París Hilton, Leonardo DiCaprio, Hillary Clinton, Muhammad Ali, y Britney Spears.

LaChapelle nació en Connecticut en 1969. Se graduó como artista en la Escuela de Artes de Carolina del Norte antes de mudarse a New York. Luego LaChapelle se matriculó en la Liga de Estudiantes de Artes, y en el School of visual Arts. Andy Warhol le ofreció su primer trabajo profesional disparando para la revista Interview. Recientemente situado entre los primeros diez más importantes fotógrafos en el mundo por la revista American Photo, ha continuado recibiendo numerosos premios.


Las imagenes de LaChapelle, libres, extrañas y magníficas, han aparecido en Italian Vogue, Vanity Fair, ID, Vibe, Interview, The Face, GQ, etc.. Su dedicación inflexible a la originalidad es leyenda en el mundo de la moda, el cine, y la publicidad. LaChapelle ha hecho c
ampañas de publicidad para variedad de clientes incluyendo, Iceberg, MTV, Ecko, Diesel, Sirius, Ford, Sky Vodka y Got Milk. David ha fotografiado numerosas cubiertas CD para artistas como Macy Gray, Moby, No doubt, Whitney Houston, Lil' Kim, Elton John, y Madonna.


Lil' Kim (2000). David LaChapelle


“De pequeño, tenía un poster de Elton John en la pared de mi habitación y sabía que había un sitio, en algún lugar del mundo, donde las personas que eran diferentes y creativas eran aceptadas y se lo estaban pasando bien”.
“Trabajas con personas que están obsesionadas con comprar, obsesionadas por poser cosas y comprar cosas, como si comprar fuera a darles la felicidad. Y quieres decírselo, ya sabes: no hay finca, por extensa que sea, que pueda llenar ese vacío”. “...Luego vas a esas casas de Bervely Hills que tienen diecisiete habitaciones y son como gigantescos decorados de teatro para el divorcio”.
Dice que, cuando lo contrata una “gran empresa comercial”, lo acepta, porque “si no lo hago yo, otro lo hará. Y voy a meter el dinero en mi película... Voy a reautilizarlo para crear obras”. Suelta una risita un poco vergonzosa, como si se diera cuenta de que lo que dice no resulta muy convincente.
(Extracto de una entrevista de Emma Brockes).


Enlaces: The Guardian Qatro Iconia


martes, 8 de mayo de 2007

Carmina Burana

















Orquesta y Coros Ciudad de Almería



En 1803, en el monasterio benedictino de la ciudad de Beuern (Baviera, Alemania), se encontró una colección de 300 poemas goliardescos recogidos en un manuscrito de la primera mitad del siglo XIII. La mayor parte de los poemas estaban escritos en latín aunque unos cuantos lo estaban en una mezcla de latín y alemán, e incluso con algunas palabras francesas. Sus autores eran clérigos que llevaban una vida licenciosa y desordenada y se inspiraron tanto en composiciones populares contemporáneas, con frecuencia groseras, como en las cultas de Homero, Cátulo y Ovidio. Los dos principales temas que desarrollan son el amoroso y el satírico contra la iglesia.

El compositor alemán Carl Orff (Munich 1895 - Munich 1982) autor del famoso método musical para niños Orff- Schulwerk (1930) recopiló 25 de estos poemas en una cantata escénica a la que llamó Carmina Burana (Poemas de Beuern), cuyo fragmento más conocido es el O Fortuna, que constituye la primera parte del preludio y que se repite al final de la obra. Orff subtituló la composición: Cantiones profánae cantóribus et choris cantándae comitántibus instrumentis atqüe imáginibus mágicis (en latín: ‘canciones laicas para cantantes y coreutas para ser cantadas junto a instrumentos e imágenes mágicas’). Combina la poesía profana del siglo XIII con una música intensa y deliberadamente sencilla para gran orquesta y coro, estructurada con ritmos enérgicos y vibrantes y ricas sonoridades. El estreno de esta obra se produjo en Frankfurt en 1937.



























O Fortuna velut luna statu variabilis, semper crescis aut decrescis; vita detest
abilis nunc obdurat et tunc curat ludo mentis aciem egestatem, potestatem dissolvit ut glaciem. Sors immanis et inanis, rota tu volubilis, status malus, vana salus semper dissolubilis, obumbrata et velata michi quoque niteris; nunc per ludum dorsum nudum fero tui sceleris. Sors salutis et virtutis michi nunc contraria, est affectus et deffectus semper in angaria. Hac in hora sine mora corde pulsum tangite; quod per sortem sternit fortem, mecum omnes plangite!.

Oh Fortuna, variable como la Luna como ella creces sin cesar o desapareces. ¡Vida detestable! Un día, jugando, entristeces a los débiles sentidos, para llenarles de satisfacción al día siguiente. La pobreza y el poder se derriten como el hielo. ante tu presencia. Destino monstruoso y vacío, una rueda girando es lo que eres, si está mal colocada la salud es vana, siempre puede ser disuelta, eclipsada y velada; me atormentas también en la mesa de juego; mi desnudez regresa me la trajo tu maldad. El destino de la salud y de la virtud está en contra mía, es atacado y destruido siempre en tu servicio. En esta hora sin demora toquen las cuerdas del corazón; el destino derrumba al hombre fuerte que llora conmigo por tu villanía.


Fuentes: Teleprensa Kareol Wikipedia ElPoderDeLaPalabra